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OCTAVO AÑO DE LA GOTERA DAK POR LA TORRE FM 101.9

26 DE MARZO DE 2011

ESTAMOS DE NUEVO EN EL AIRE CON EL SÉPTIMO AÑO DE LA GOTERA DAK, TE ESPERAMOS PARA COMPARTIR EL MEJOR ROCK EN CASTELLANO A TODOS NUESTROS AMIGOS OYENTES Y LOS QUE SE ATREVAN A SOPORTARNOS. PODES ESCUCHARNOS TAMBIÉN POR INTERNET EN www.fmlatorre.com.ar.
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QUIENES SOMOS

El rock nacional o argentino ya cumplió sus cuarenta años de edad por lo que familias enteras comparten en su casa el mismo sentimiento por este movimiento musical y Cultural que no pasa de moda.-
Un programa especializado en un género musical que va dirigido a un amplio target de oyente que van desde los 12 a 50 años.-
Un programa, que se emite por FM LA TORRE 101.9, la radio que tiene una de las coberturas más importantes de la Provincia de La Rioja.
Un programa, que esta cumpliendo 5 años en el aire y cuenta con un staff de personas especialistas en el tema de distintas generaciones, y sobre todo con mucha pasión por el genero.
PROGRAMA NOMINADO PARA EL PREMIO NACIONAL
FARO DE ORO 2008 AL MEJOR PROGRAMA DE ROCK

I- OBJETIVOS
LA GOTERA DAK, intenta reconstruir, la historia del ROCK ARGENTINO, como un aporte, para que todas las generaciones (en especial las nuevas) tengan la oportunidad de conocer como evolucionaron las raíces de nuestro rock. Quienes fueron aquellos, que han puesto su corazón, su locura, sus ideas, sus ganas, su plata, su tiempo, sus deseos y su vocación, para hacer lo que mejor les saliera; Como, se ha venido transformando, a través de los años y de una generación a otra. Cómo se ha vivido y qué mensajes ha ido dejando a los jóvenes, desde una visión crítica del fenómeno tanto es sus aspectos musicales, sociales y del negocio.-
Abrimos nuestro espacio como ámbito de debate, sobre la relación del rock, con la política, las turbulencias sociales, sus contradicciones internas y externas, tratando de difundir aquellas expresiones musicales que no tienen espacios en los medios comerciales, con una actitud critica – constructiva, evitando caer en la ceguera, lugares comunes, justificaciones y actitudes meramente promociónales, en síntesis analizarlo como una actitud abarcativa, de connotaciones múltiples, no solamente como un genero musical.-

II- FICHA TECNICA DEL PROGRAMA

MEDIO: LRJ 315 FM LA TORRE 101.9 (Provincia de La Rioja) y 98.5 (chilecito y zona de influencia).- Cobertura para toda la Provincia de la Rioja y parte de Catamarca.-
DIA Y HORA: Sábados de 18 a 21
CONDUCCION: Mariano Gorno
CONTENIDOS Y COMENTARIOS: Gustavo "Pez" Pereyra
PRODUCCION: Mariano Gorno, Gustavo Pereyra
PRODUCCION EN ESTUDIOS: Lic. Raul Andres Hermosilla (lic. Hermosura)
CAMARAS EN RECITALES: Raul Hermosilla (lic. Hermosura)
IDEA ORIGINAL Y PRODUCCION GENERAL:
Gustavo Pereyra
Mariano Gorno
Alfredo Fuentes
IMITADOR: MAXI GONZALEZ
VOZ ARTISTICAS: JUAN ORMEÑO
REALIZACION: Radio y TV Riojana – FM LA TORRE
OPERADORES DE TURNO:
MIGUEL “MIGUELUCHI” FUENTES
MARIO “El Nostálgico” RUARTE

CONTACTO: 03822-15562885 / 15633914 / 429894 - Sábados Radio 430299 / 422149 - lagoteradak@yahoo.com.ar, gustavo372000@yahoo.com.ar, mariano_gorno@hotmail.com

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09 febrero 2012

NOTICIAS DEL ROCK DAk 07 AL 14/02/12

SUS SUEÑOS SON LUCES EN TORNO A TI

El miércoles pasado, finalmente se confirmó lo que nadie quería escuchar: Luis Alberto Spinetta había muerto. A partir de 1968, cuando editó el primer simple de Almendra, se fue convirtiendo en una de las figuras más respetadas, admiradas e influyentes del rock nacional. Amado por los músicos, venerado por los especialistas y dueño de un lenguaje único, a los 62 años Spinetta deja más que una huella: un camino entero que todavía tiene mucho por descubrir. En estas páginas, periodistas, amigos y músicos lo despiden.

Por Diego Fischerman - Pagina/12

Este hombercito es el dibujo original de Spinetta para la tapa de

"Un mañana". Iba a ser una foto de él subiendo la escalera.

Llegaron a hacer la foto con Dylan, pero Spinetta cambió e hizo este dibujo.



Escuchábamos “Para saber cómo es la soledad” con Miguel. Estábamos en el patio de una casa que su familia alquilaba en La Perla. La canción se llamaba así; aún no era, para nosotros, el “Tema de Pototo”, y la cantaba Leonardo Favio. Allí, los sueños del amigo ausente eran “luces en torno a vos” y no “a ti”, como más tarde descubriríamos en la versión original. En el patio hablábamos de esa canción que, en realidad, escuchaba Carmen, su madre, pero que nos gustaba muchísimo. Teníamos 11 años él y yo 13 recién cumplidos. Era el comienzo del ’69. Era, también, el comienzo de otras cosas.

Escuchábamos a Los Beatles, claro. Pero nada sabíamos de lo que, muy pocos meses después, se convertiría en un credo. Las noticias llegaban así, a saltos. Y cuando lo hacían, transformaban la vida. El simple con “Tema de Pototo”, en su segunda edición, con “Final” del otro lado. “No pibe”, de Manal. La revista Cronopios, llevada a casa por mi padre. Las Pinap leídas en la casa de Juan Rodolfo. Y, en noviembre, en el festival organizado por esa revista en el anfiteatro que estaba al lado de la Facultad de Derecho, Almendra, ese grupo decían que había que escuchar (pero que, en realidad, apenas había actuado por primera vez en marzo). Después, en enero de 1970, el LP con la tapa que tenía a “el hombre de la tapa”. Una fundación. Y un universo, sin embargo, que, más allá de las mitologías, se resistiría a ser fundado por afuera de los límites que los propios integrantes de Almendra señalaban. El rock nacional, claro, existió a partir de allí. Pero cierta clase de rock nacional, ligado al desafío estético, a la exploración de las posibilidades poéticas, al espíritu antropofágico, en palabras de Caetano Veloso –un rock imaginándose capaz de abarcar, como el primer LP de Almendra, todas las músicas–, moriría muy poco después. O sobreviviría, apenas, en las obras de sus propios fundadores y los epígonos más o menos inmediatos: Charly García, el primer Vox Dei, Arco Iris, Fito Páez.

Recuerdo aquel patio de verano en Mar del Plata no para hablar de mí, en todo caso, sino de la naturalidad con que Leonardo Favio podía apropiarse de esa canción. La misma naturalidad con la que, simétricamente, Luis Alberto Spinetta había podido apoderarse de la balada, como género, para incorporarla en el mundo “beat”. Pueden adivinarse, en esas canciones de Almendra, las huellas de sus orígenes. Es posible imaginar a Spinetta reviviendo canciones de uno o dos años antes. O, incluso, anteriores en unos pocos meses; al fin y al cabo, las noticias llegaban a los saltos también para ellos y no era lo mismo hacer una canción después de haber escuchado a Cream, o a Tommy de The Who, que antes de haberlo hecho. Es factible figurarse a “Laura va” como una especie de tango, a “Plegaria para un niño dormido”, grabada en abril de 1969, como comentario a la “Canción para un niño en la calle” publicada por Mercedes Sosa a fines de 1967. O a “Ana no duerme”, mucho antes que como extraño y original modelo de rock argentino, como canción de cuna casera, acompañada tan sólo por una guitarra. En “A estos hombres tristes” puede detectarse la impresión causada por María de Buenos Aires, de Piazzolla y Ferrer –esos tarareos à la Swingle Singers, o a lo Bacharach en su música para Butch Cassidy–, y por el cuarteto de Dave Brubeck. Cualquiera de estas canciones podría volver con facilidad a su forma original, tal como “Tema de Pototo” podía ser interpretado por Favio. Pero lo notable era lo que con ellas hacía Almendra. Porque allí ya estaba inscripta una de las características que haría única, y permanentemente renovada y renovadora, a la música de Spinetta.

Para él, el rock no sería un protocolo cerrado, un marco estilístico rígido al que constreñirse, sino, más bien, un océano en el que navegar con sus propios barcos. De hecho sus canciones más asimilables a un rock estricto (“Rutas argentinas”, “Blues de Cris”, “Me gusta ese tajo”), más allá de algunos rasgos tan personales como inevitables, de pequeños momentos donde, a pesar de todo, esas canciones sólo se parecen a canciones de Spinetta, suenan casi como ejercicios de estilo. El Spinetta clásico está, en cambio, en esos temas donde puede detectarse una zamba, o la lectura de un vals leído por Bill Evans, o un fraseo piazzolleano, y donde, sin embargo, nada es, nunca, exactamente igual a sus fuentes. ¿Dónde poner “Ella también”, “Los libros de la buena memoria”, “Seguir viviendo sin tu amor” o “Durazno sangrando”? ¿Cómo ubicar a “Credulidad”, “La cereza del zar”, “Starosta el idiota”, “Dulce tres nocturno”, “Serpiente (viaja por la sal)” o “Cantata de puentes amarillos”? Caben en el llamado rock nacional sólo porque Spinetta decidió circular por allí y porque, curiosamente, aunque el género tomó muy pocas de sus enseñanzas, lo consideró siempre su maestro. Nada une, en primera instancia, a esas pequeñas obras maestras, llenas de curiosidad y siempre prontas a estallar y proliferar en infinitas direcciones distintas, con el rock de gueto, cerrado en sí mismo y cada vez más reacio al reconocimiento de que hay una vida allí afuera.

Hay en Spinetta un uso único de la armonía, un estilo inconfundible en sus solos con la guitarra eléctrica, un melodismo siempre sorprendente. Hay un afán de extrañamiento, en el sentido que le daban a esta palabra los formalistas rusos, tanto en esos acordes impensables en ese momento y en ese lugar, como en esas escapatorias de la melodía, o en la manera en que las maneras del habla se mezclan en sus letras. Palabras “altas” y “bajas” se cruzan para producir ese efecto de extrañamiento, para que algo sea visto como por primera vez. A veces alcanza el desplazamiento de un acento; en ocasiones la operación pasa por la inclusión de una palabra que jamás se hubiera imaginado en ese contexto (“lúcuma”, “amortajando”), a veces, como en su propia vida, la mera proximidad del cosmos y la foto de Carlitos. Pensar a Spinetta como un gran artista del rock argentino es injusto por partida doble. Por un lado, porque es mucho más que eso. Sus canciones, como muchas de las de Falú, algunas de las de Dames, Demare o Troilo, de Charly García, de Fito Páez o de María Elena Walsh, están, simplemente, entre las más importantes del último siglo de música. No son grandes canciones de rock: son grandes canciones. Por otro, ubicar a Spinetta como alguien del “rock nacional” sería inmerecido también para ese género supuesto. Un género, en todo caso, que sólo excepcionalmente llegó a estar a la altura, o al menos a transitar por los caminos, de su luminosa fundación.


CHARLY: "SIN ÉL HUBIERA SIDO TODO DISTINTO"

Charly García habló por primera vez después de la muerte de Luis Alberto Spinetta y aseguró que "era además de un ídolo, un amigo" y "la única persona dentro del rock a la que realmente admiraba". El músico consideró que Spinetta deja "un agujero casi imposible de llenar".

Pagina/12

Luego de tocar en el festival de Cosquín Rock, donde lo homenajeó, García habló sobre su colega y afirmó: "Yo siempre tuve una gran admiración hacia él, fue uno de los primeros que me alentó cuando empecé en esto y con el tiempo, nos convertimos en grandes amigos".

En declaraciones a radio Mega 98.3, Charly señaló: "Ahora me siento un poco solo porque era la única persona dentro del rock que yo realmente admiraba, sin desmerecer a nadie, por supuesto. Pero me parece una cosa tremenda y deja un vacío".

García, que compuso "Rezo por vos" en dupla con Spinetta, destacó el aporte que el líder de bandas como Almendra y Pescado Rabioso hizo a la música local: "Fue un inventor, un tipo que agarró elementos de aquí y de allá, los fusionó para crear algo que no existía, la poesía del rock en castellano. A mí me inspiró mucho. Yo pienso que sin él hubiera sido todo distinto".

Por último, recordó la canción "Rezo por vos", que compusieron en conjunto, y la señaló como "un buen ejemplo de la unión" entre ambos. "Me parece un gran tema y tiene elementos míos y elementos de él. Creo que es el mejor ejemplo de la fusión, no?", resumió.

El creador de canciones emblemáticas del rock local como "Muchachas ojos de papel"; "Seguir viviendo sin tu amor"; "El capitán Beto" o "Barro tal vez" falleció hace una semana por un cáncer de pulmón y generó una fuerte consternación en el mundo artístico nacional.



Para entender a los Redondos

El escritor Ariel Magnus acaba de publicar La cuadratura de la redondez. Un trabajo de interpretación sobre las letras del Indio Solari realizado por el apócrifo Atila Schwarzman, un filólogo alemán que se convirtió al credo ricotero después de conocer el pogo más grande del mundo. El resultado es hilarante.

Por: Oír Mortales

En el prólogo, Ariel Magnus explica que todo arrancó cuando su computadora fue infectada por un virus. Parece que llevó a repararla a un curioso local del ramo llamado Kazachok y, una vez realizado el arreglo, encontró un archivo extraño en el escritorio. Era el trabajo de interpretación que el filólogo alemán Atila Schwarzman había realizado sobre la obra de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Magnus decidió regresar al local para devolver el documento (“yendo hacía allá tomé conciencia que un archivo digital puede estar en dos lugares al mismo tiempo, pero igual seguí mi camino”, dice), pero lo encontró vacío. A partir de entonces, el enigma de Schwarzman crece. Sabemos que el filólogo se convirtió al credo ricotero después de meterse, detrás de una correría amorosa, en medio del pogo más grande del mundo. A partir de ese mítico 4 de agosto de 2001 en el estadio Château Carreras de Córdoba, el alemán dedicó todos sus esfuerzos para desentrañar la lírica del Indio Solari. Diez años más tarde, el círculo de caminos impensados llega hasta la editorial interZona, que acaba de publicarla -prologada y anotada por sus cófrades- bajo el título La cuadratura de la redondez.

La historia es letal. Magnus, uno de los escritores más notables de los últimos años, despliega una trama hilarante. Una serie de interpretaciones que, perdidas en el laberinto del academicismo, son un plato irresistible para todos los redondólogos: becados y amateurs.

-¿Cómo tomó entidad Atila Scharzman, este filólogo cooptado por el credo ricotero?

-En el principio fueron las interpretaciones. De cada canción del primer disco me propuse hacer cuatro interpretaciones distintas y aun contradictorias. Luego tres de esas interpretaciones pasaron a ser notas al pie, y la interpretación principal pasó a ser la del doctor en filología Schwarzman. Al personaje recién me lo encontré después de interpretar el segundo disco, y lo último que escribí fue el marco, donde se cuenta su historia. Pero la idea de que el interpretador debía ser un académico que no tuviera nada que ver con los Redondos ya estaba desde el principio. Quería encarar las letras desde ese ángulo, a ver si se la bancaban. Y sí, se la re bancan.

-A partir de ese personaje y su pandilla, te burlas tanto del academicismo como de cierta parte de la crítica. ¿Por qué?

-Porque siempre me causó gracia. Un crítico adueñándose de la verdad de un texto es un espectáculo hilarante. O por lo menos a mí me produce risa, tal vez porque si me lo tomo en serio directamente me daría ganas de llorar. Son muy pocos los críticos o los teóricos que logran esclarecer un texto sin bastardearlo o usarlo para hablar de sí mismos. La interpretación academicista suele estar en las antípodas de la inspiración, que es para mí la interpretación más fructífera, porque multiplica los cuentos y las canciones, los textos creativos, que son los que valen.

-Bueno, una de las virtudes más notables del libro es el humor. En ese sentido, ¿cómo fue el proceso de escritura? Uno puede imaginarte muerto de risa detrás de la compu.

-Me imaginás bien. Donde vos te reíste, yo también me reí, sin dudas. Quizá por eso nunca podría ser humorista: los humoristas no se ríen de sus chistes. Igual el proceso de escritura tuvo también sus momentos nada graciosos. Como la idea era interpretar en orden, sin saltearse ni versos ni canciones (precisamente para no usarlo como atajo para zafar de los escollos), a veces me trababa y entraba en completa desesperación. En esos momentos, lo insensato de la tarea de interpretar deliberadamente mal una canción (o lo que sea) se vuelve casi trágico. ‘¿Qué mierda estoy haciendo?’ es lo mínimo que te preguntás. Pero después pensás en que aquellos que interpretan deliberadamente bien creen que existe la verdad, lo cual es más insensato todavía, y volvés a relajarte. Relajarse es esencial para entrar de nuevo en la canción y click, sacarle la ficha.

-De todas formas, es imposible que uno se acerque de esta forma a un objeto de estudio (las canciones de los Redondos) sin sentir un gran amor. ¿Cómo es tu relación con la obra de los Redondos?

-Los escucho desde los 13, 14 años y son lo único del rock argentino que nunca dejé de escuchar hasta el día de hoy. Como bien intuís, el libro nace de ese gran amor que le tengo a los Redondos, y en especial a las letras del Indio. Viví seis años en Alemania y durante ese tiempo las letras del Indio fueron mi conexión más íntima con Argentina y en parte también con nuestro idioma.

-¿Pudiste acercarle un ejemplar al Indio?

-No lo conozco ni le hice llegar un libro. Tampoco sabría dónde: Parque Leloir es grande.


EL INMENSO DOLOR DE LA "MUCHACHA OJOS DE PAPEL"

La novia de la adolescencia del "Flaco" que fue la musa inspiradora de la famosa canción contó que está "rota" por la muerte y reveló su última charla con Spinetta

Resulta imposible hacer un repaso por el vasto repertorio de Luis Alberto Spinetta sin hacer mención a uno de sus himnos por excelencia, como lo es "Muchacha ojos de papel".

Pero, aún más que su letra conmueven las palabras de dolor expresadas por Cristina Bustamante, quien fuera la novia de la adolescencia del "Flaco" y musa inspiradora de esa exquisita canción. "Tengo un dolor enorme, estoy rota por dentro", confesó poco después de conocerse la muerte del músico en diálogo con el diario Ambito Financiero.

Conmovida hasta el llanto, según relata el autor de la nota, Cristina cuenta que Spinetta fue "el primero de mi vida en muchísimas cosas". Esta mujer, que actualmente vive en Los Angeles y tiene dos nietos, fue la novia de la adolescencia del cantante, ni más ni menos que la que inspiró la canción "Muchacha ojos de papel".

"Tengo un dolor enorme, estoy rota por dentro. Luis fue el gran amor de mi vida; hace algunos años, de visita en Buenos Aires, una amiga me dijo 'andate tranquila que acá te cuidamos la adolescencia'. Con la muerte de Luis, se muere toda una etapa de mi vida", expresó.

Luis era miel pura. (...) Abría la boca y de ella sólo salía poesía

Al ser consultada sobre su último contacto con el novio de su adolescencia, Cristina contó que había hablado por teléfono con él en octubre pasado que le contó "que estaba muy enfermo".

"Yo antes le había mandado un mail y él, en su estilo críptico de toda la vida, me lo contestó y me pareció que algo andaba mal. Lo llamé y me confirmó que estaba muy enfermo, pero me dijo algo que me conmovió: 'Estoy preparado para esto, vengo preparándome toda la vida para este momento, y yo ya dije todo lo que tenía que decir'", reveló.

Con su rostro cubierto de lágrimas, Cristina pone en palabras sus más dulces recuerdos de Spinetta en su adolescencia. "Luis no era una persona religiosa; ninguna de sus letras habla de Dios, pero desde chico estudió filosofía y estoy segura de que fue eso lo que lo preparó para la muerte", confiesa.

Aunque la relación entre ambos sucedió hace muchos años, el contacto nunca terminó por quebrarse por completo, y así es que Bustamante mantiene fresco el recuerdo de su ex pareja. "Luis era miel pura, y no sólo conmigo. Hace unos tres años, creo que en 2008, estaba en Buenos Aires tomando un café con él y lo llamó Mercedes, su pareja actual. Lo escuché hablar por teléfono con ella y me estremeció: abría la boca y de ella sólo salía poesía".


NOTA DE TAPA DE PAGINA/12

HOY TODO EL HIELO EN LA CIUDAD

El fundador de Almendra, Pescado Rabioso, Invisible y Jade fue el compositor de algunas de las canciones más significativas de los últimos cuarenta años, más allá de los límites del rock.

Por Diego Fischerman


En la tarde de ayer, Silvio Rodríguez subió en su blog una foto y la letra de una canción. La foto era de Luis Alberto Spinetta y la letra la de “El anillo del Capitán Beto”. El cantante y compositor cubano, atravesado como tantos por el dolor, ponía de manifiesto una verdad incontrastable. Algunos, los mejores, pueden ser nombrados tan sólo con sus obras. Estaban los datos fríos: el cáncer de pulmón diagnosticado en julio del año pasado, los mensajes en Twitter de sus hijos, la noticia descarnada: Spinetta había muerto a los 62 años. Más allá de la biografía, de las minucias de un periodismo amarillo que tampoco esta vez estuvo a la altura de las circunstancias, de una privacidad que no debió ser invadida ni debería serlo tampoco ahora, para sus hijos, que estuvieron a su alrededor en los momentos finales y que lo cremarán en privado, hay una historia. Y esa historia les pertenece sólo a ellos. Para los demás, Spinetta no ha muerto porque allí está, y seguirá estando, su obra.

Las exegesis abundarán en fórmulas como “padre” o “fundador del rock nacional”. Limitar su importancia a la mera estadística de un género sería, sin embargo, una injusticia mayúscula. Porque de lo que se trata no es de quién llegó primero a ningún lugar ni del modesto valor que pudiera tener la invención del rock argentino. Todo eso existe, eventualmente, pero lo que Spinetta hizo, como antes Dames, Demare, o Falú, fue crear algunas de las canciones más significativas de los últimos cuarenta años. Ni “Ella también”, ni “Barro tal vez”, o “Los libros de la buena memoria”, o “Las golondrinas de Plaza de Mayo”, o “Laura Va”, “Durazno sangrando”, “A estos hombres tristes”, “Los elefantes”, “Hoy todo el hielo en la ciudad”, “La cereza del zar”, “Credulidad”, “Seguir viviendo sin tu amor”, “Tema de Pototo” o “Tu vuelo al final”, por sólo nombrar algunas de sus canciones, las primeras en ser recordadas, se agotan en los estrechos límites de un estilo ni de una generación. Cuando, en 1968, Leonardo Favio cantó “Tema de Pototo”, cambiándole el título por “Para saber cómo es la soledad”, entendía, en todo caso, que de lo que se trataba no era de una canción de rock sino, simplemente, de una gran canción.

“La música es algo que va más allá de si uno da recitales o no. Hay que librarse de todo eso y quedarse con la naturaleza del sonido, como para ver bien a qué jugamos con este lenguaje tan maravilloso”, decía Spinetta en una charla abierta ante estudiantes de música, hace once años. Y concluía con una de esas iluminaciones, esas metáforas desaforadas con las que lograba forzar las palabras, invadirlas de un ritmo propio y hacerles decir lo que nadie había dicho antes: “Y a mí, que me siento un pequeño músico, frente a músicas que son el cielo, me encanta poder difundir algunas ideas que creo que son válidas. Me encanta poder hablar de lo sagrado que tiene el sonido, De esa arcilla con la que, si se tiene la visión del cielo, se puede elaborar el cielo”.

Figuraté

El arte de Spinetta, en todo caso, siempre había tenido que ver con llevar los materiales –una melodía de una amplitud melódica inédita, una armonía que la recorría con un significado sorprendente, unos acentos que la convertían en elemento vivo– a su propio terreno, allí donde estaba “la cereza del zar impulsada por él”; allí donde se compelía a figurarse que se perdía “la cabezá”. Esos acentos a contrapelo en la canción “Figuración”, incluida en esa suerte de mapa de futuros territorios que fue el primer disco de larga duración de Almendra, son, en ese sentido, toda una declaración. Porque podría pensarse en un error; en una falta de pericia en la manera de conciliar música y letra; en un trabajo apresurado o demasiado autocomplaciente. Pero, en cambio, están las versiones anteriores de ese tema, escuchadas en vivo, donde todo cabía perfectamente y todavía “cabeza” no se había perdido en un nuevo acento. Y esas versiones muestran que no hay error sino decisión. Que la desnaturalización de la palabra era necesaria para crear un efecto.

El tiempo era veloz, en los finales de la década de 1960. Un día los Beatles sacudían al mundo con la Banda del Sargento Pepper y al otro ya no existían. De un disco a otro de The Who, Procol Harum, Moody Blues o The Hollies había universos de distancia. Y la historia del grupo que cambió para siempre la historia de la música artística de tradición popular en la Argentina también fue rápida. En 1966 The Larks, un grupo en el que tocaban Luis Alberto Spinetta y el baterista Rodolfo García, cambiaba de nombre por The Mods y luego se unía a Los Sbrirros, donde tocaban el guitarrista Edelmiro Molinari y el bajista Emilio Del Güercio, ambos compañeros de Spinetta en la escuela San Román. Después de un año de paréntesis, motivado por el servicio militar de García, en marzo de 1968 el grupo retomaba sus ensayos y cambiaba de nombre. Pensaron llamarse La Organización o El Tribunal de la Inquisición. Finalmente eligieron Almendra. Una conversación casual con el productor discográfico Ricardo Kleiman (también factótum del programa radial Modart en la noche, patrocinado por su empresa familiar), a la salida de un recital de Los Gatos en el teatro Payró, derivó en la firma de un contrato con la RCA Victor. En agosto, la revista Pinap –la primera dedicada casi exclusivamente a lo que todavía se llamaba “música beat” y destinada explícitamente, en la Argentina, a un público juvenil–, en su número 5, hablaba por primera vez de ellos. “Almendra se llama el conjunto que, seguramente, se va a convertir en la sensación de la próxima primavera porteña”, sentenciaba. “El capo del group (sic), José Luis (sic, de nuevo), según algunos de los más entendidos músicos beats de Baires está destinado a ser una especie de prolífico Lennon argentino: tiene alrededor de sesenta temas compuestos, ‘uno mejor que el otro’ según dicen. Almendra ya está grabando sus temas y el mes que viene RCA los lanzará al mercado.” Ya eran capaces de vaticinar el éxito y calificar la música del grupo, aunque nunca la habían escuchado, no sabían el nombre de Spinetta, y anunciaban grabaciones que, en rigor, recién comenzarían un mes después, con el registro, el 20 de agosto, de “Tema de Pototo”.

Fantasía en blanco y blanco

Pero hay una canción grabada apenas unos días después, el 2 de octubre, que alcanza para poner en escena, con toda su magnitud, el talento de este supuesto “Lennon argentino”. El tema ocuparía el lado A del segundo simple del grupo. Su nombre era “Hoy todo el hielo en la ciudad”. La sola mención de la ciudad en un título ya significaba algo. Y esa ciudad era, en este caso, una fantasmagoría. Una ciudad cubierta por el hielo. Un blanco profundo permanente, arriba y abajo; de nada servía perforar el hielo y remontarse al cielo: sólo se podía observar el hielo en la ciudad. Allí aparecía, muy tempranamente, una guitarra distorsionada. También un vibrafón –tocado por Mariano Tito– y un pitido electrónico à la Pink Floyd. Y además, una escena genial. Como sucedería más adelante con el Capitán Beto –esa brillante continuación de Trafalgar Medrano, el camionero espacial que había creado Angélica Gorodischer–, esta fantasía en blanco y blanco aparecía anclada en Buenos Aires, aun cuando nunca se la nombrara. No podía ser otra la ciudad donde “inmóvil ha quedado un tren, entre el hielo de la estación” y en que “mientras no hay nadie que pueda ayudar, los niños saltan de felicidad”. En la ciudad de la dictadura de Onganía, allí donde no se podía hablar y reinaba la censura, y donde el tango venía cantándole a una ciudad irreal –sin casas de departamentos ni migración interna– y a un barrio idealizado y convertido en mito desde hacía décadas, por primera vez esa geografía imaginaria era trazada desde otra parte. Eran los años en que Cadícamo llamaba “cretinos y turros” a los que “escuchan a los Beat’s” y Spinetta cantaba, a los 18 años, “cuánta ciudad, cuánta sed, y tú un hombre solo”.

En 1968, lo que después se llamó rock no entraba en los diarios. Es más, allí no había crítica de música popular. El pionero, en esa materia, fue Jorge Andrés, en sus notas para la revista Análisis y, un poco después, en el diario La Opinión. “Antes de seis meses, no menos de 30 grupos de virginal anonimato lograron un contrato de exclusividad con alguna grabadora o productor independiente”, diagnosticaba en un artículo publicado por Análisis el 30 de marzo de 1971. Allí citaba a un buscador de talentos de un sello grabador diciendo “en la Capital hay por lo menos un conjunto en cada manzana” y afirmaba: “Al cabo de dos años de imprudente utilización, el rótulo música beat comprende ahora cualquier tipo de grupo, con la condición de que sus participantes sean jóvenes, no importa si practican una cerrada investigación underground o se dedican a las tonterías más calculadoras”. Para ese entones, ya todo había sucedido. El 21 de noviembre del año anterior Almendra había actuado en el primer B.A. Rock, en el Velódromo, estrenando gran parte de los temas de su doble, que terminaría de ser grabado seis días después y se publicaría el 19 de diciembre. En esa ocasión, la canción “Rutas argentinas” había sido chiflada por gran parte de los asistentes. Era “música comercial” para los oídos de barricada azuzados por la revista Pelo y su taxativa división entre “progresivo” o “complaciente”. El 25 de ese mes sería la última actuación, en el cine Pueyrredón de Flores.

Distinto, nuevo, desafiante

El protocolo indicaba que los grupos debían separarse, y Almendra se separó. Vino Pescado Rabioso, con la explicitación de un mandato más carnal (y la influencia de Led Zeppelin a cuestas). Pero estaba Spinetta, claro, y entonces todo acababa siendo distinto. Y nuevo, y desafiante. Y ese lenguaje “de época” se mezclaba con una serpiente que viajaba por la sal, y con una de las clásicas e inquietantes –y dolorosamente bellas– melodías de su autor. Después llegó Invisible. Y Jade. Y Los Socios del Desierto. Pero la originalidad siguió siendo la misma. “Veo a la música como el cielo”, decía Spinetta en aquella conversación con estudiantes de música. “Con la complejidad, la magnificencia y la sencillez del cielo”. Allí decía: “Inventar es maravilloso. Porque tenemos esa gran posibilidad de descubrir algo y volverlo cien por ciento efectivo, como decía John Cage. Lograr el máximo de utilidad de una materia sonora que originalmente no fue pensada como instrumento. Cuando no hay catálogo, cuando uno desvirga una materia, todo se inventa y al no haber con qué comparar lo que hacemos, eso es el máximo hasta que venga otro y le saque otro juguito. La materia, en esa primera vez, da todo de sí”. Definía la creación como una “colisión entre uno y los materiales” y “un milagro”.

Dos de las palabras más usadas por Spinetta en sus canciones son “luz” y “mirada”. Pero uno de sus sellos de fábrica –y de todo el rock argentino a partir de él– fue siempre la utilización de palabras inusualmente largas (“desenvolverás”, por ejemplo, en “Abrázame inocentemente”). Palabras que obligan a usar varios acentos o, directamente, a desplazarlos. En una tradición que, en el español, se remonta a Juan de Mena y a Francisco de Quevedo y, más cerca, a Rubén Darío, Spinetta (y curiosamente, casi al mismo tiempo Juan Gelman, en Fábulas) ya desde el primer disco de Almendra forzaba la prosodia. La colisionaba. “Es muy difícil conmoverse con la obra de uno”, decía. Se emocionaba con “ese instante en que la música puede enmudecerlo a uno”. Hoy, enmudecidos de tristeza, los demás, aquellos para los que no ha muerto, se conmueven –y seguirán haciéndolo– con su obra. Esa que ya es capaz de nombrarlo para siempre.

REPERCUSIONES MEDIATICAS DEL FALLECIMIENTO DE SPINETTA

Twitter, medios y buitres para la despedida

El #chauflaco fue trending topic de la red social. Desde Diego Torres hasta el Kun Agüero enviaron vía Twitter sus condolencias, en tanto la tele, esta vez, salvo algunos traspiés y golpes bajos, produjo una cobertura digna.

Por Mariano Blejman

#chauflaco decía ayer el videograph de Todo Noticias, mientras se sucedían las imágenes sobre el fallecimiento de Luis Alberto Spinetta en cadena nacional, sintetizando lo que pasó entre los medios convencionales y las redes sociales ante la shockeante noticia. #chauflaco fue el tema del momento en Twitter, mientras los portales abrían a título catástrofe, a pantalla completa, como para darle un sentido más trágico a la tristeza, intentando amplificar una muerte implosiva. #chauflaco fue la confirmación del impacto de la cultura digital en los medios tradicionales. La televisión respondió con notable frugalidad, ascetismo y concatenando fotos, videos y algunas cuantas entrevistas con la imagen del creador que falleció ayer. Nadie, hasta donde pudo ver este cronista, usó la foto macabra que le había sacado hacía unos días la revista Caras.

Decenas de músicos, compañeros de ruta y colegas suspendieron la rutina de la televisión, pusieron sus voces en la radio y se expresaron a través de las redes sociales. Lito Vitale, Miguel Mateos, Valeria Lynch, por poner unos pocos, enterándose en la tele, en vivo y en directo. Velocísimo consenso sobre el sentimiento masivo convertido en trending topic. Los periodistas del mundo rockero, siempre con alguna historia para contar, encuentros que adquieren valor como el precio que se le pone a un cuadro cuando el pintor fallece. El Flaco ya no va a volver a pintar su música. Salvo unos pocos traspiés, tal vez el de Mauro Viale preguntándole a Martín Ciccioli –con absoluta y confesa ignorancia– por el verdadero valor de su obra, e intentando una comparación con Serrat, la cobertura fue digna. C5N hizo un dúplex acertado: ponchó el programa de radio de La Mega y puso a los periodistas rockeros a entrevistar a músicos que lo conocieron: Silvina Garré, Celeste Carballo, Antonio Birabent, músicos de la Bersuit, y un largo etcétera muy bien conducido. Y canal Encuentro puso el especial sobre “Muchacha ojos de papel”.

Ante la ausencia de imágenes familiares, ante el perfil bajo del entorno, la letanía de los músicos y la perfidia de los paparazzi, la tele se dedicó a contar lo que pasaba en Twitter. Que los temas del momento eran #ChauFlaco, #HastaSiempreFlaco, Almendra, Pescado Rabioso, Artaud, Rezo Por Vos, Capitán Beto y que el primero de estos había llegado a ser tema del momento a nivel mundial. Twitter fue la confirmación de la noticia, sus hijos expresaron su dolor en 140 caracteres, curioso, imaginando un mundo donde siempre es hoy. Eterno presente para la ausencia del Flaco, pareciera ser el resultado de la primera emoción. Catarina Spinetta escribió “No habrá un destino incierto, ni habrá distancia que pueda alejarme de ti. Amor eterno a mi Padre”. Valentino Spinetta puso: “Te amo papá, siempre vas a estar en mi alma y mi corazón”. Dante Spinetta tweeteó: “Te amo por siempre Papá”. Vera Spinetta también: “Así mi corazón te añorará. Te amo papá”. Casi al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo. Sin intermediarios, la red social sirvió como cable de agencia de confirmación. Pero también Diego Torres, Jorge Drexler, René de Calle 13, todos hicieron llover frases que parecían perfectas para decir en la red de microblogging: “toda la vida tiene música”, “que nadie, nadie despierte al niño”, “morí sin morir”. Hasta el Kun Agüero salió a contar la noticia en inglés y español estimando que buena parte de sus seguidores internacionales no lo conocía, pero bien podría hacerlo.

La carroña mediática la encontró primero el diario sensacionalista Muy, perteneciente al grupo Clarín, y fue seguida por la “operación buitre” de Caras que –como contó Eduardo Fabregat en este diario– le pidió a un taxista que tocara el timbre para sacarle una foto al flaquísimo Flaco, para regodeo de quienes jamás escucharon un tema suyo. Ese regodeo siguió en Libre y ayer, ante la impotencia de la ausencia, volvió a circular por las redes sociales como tema del momento #RevistaCarasBuitre. Después de esa publicación, y mientras él mismo confirmaba su enfermedad con un dejo de ironía, la salud de Spine-tta se desplomó rápidamente. Y, en ese mismo barrio, donde lo escracharon al flaco, frente a su casa en el barrio de Villa Urquiza, la tele buscaba historias de vida cotidiana, barro tal vez, el flaco sacando la basura, el flaco comprando unas facturas en la panadería, una señora que recuerda que fue el primero que se bajó los pantalones, incluso antes de Charly García, “vos te acordás de eso”, le había dicho alguna vez, datos como para confirmar que Spinetta era un ser humano y no algo extraterrenal. Otra que se lo cruzó “acá a la vuelta” y le pidió un autógrafo para su hermano y él, con esa voz tan dulce, le agredeció por acordarse de él. En el momento en que lo trasladaban de su casa al velatorio, ingresó una Traffic verde de espalda hasta el portón de la casa, alguien puso un trapo rojo y “todas las hojas son del viento”, decía uno de los cronistas televisivos. La tele llegó hasta la puerta, y encontró una franja amarilla como de escena del crimen, pero el crimen no era otro que dejar ir al sonido más cándido que nuestros oídos puedan haber escuchado alguna vez.

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